Ropa Northwave
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Mountain Bike






6 de diciembre de 2016


MET

Del Mediterráneo al Cantábrico a través de los Pirineos

Autor: José Antonio Ruiz Pérez de Pipaón
Ruta premiada con el 2º premio en el I Concurso de Rutas Es Ciclismo.com patrocinado por


Desde San Feliu de Guíxols hasta San Juan de Luz subiendo cumbres míticas pirenaicas


INTRODUCCIÓN

Cada viaje que hago en bicicleta es único y especial, diferente a todos los anteriores, y en este caso más aún, dado que no voy a llevar alforjas y he cambiado la bici de montaña por la de carretera. En esta ocasión voy a pedalear en solitario, pero no voy a viajar sólo, porque he conseguido entusiasmar a un amigo y contagiarle mi espíritu aventurero para que me acompañe en este viaje.

Mi gran amigo Javier Lerín va a hacer el mismo recorrido que yo, pero sobre las cuatro ruedas de su coche; no se trata de hacer de vehículo de apoyo, salimos y llegamos al mismo punto, cada uno a su ritmo y tratando de llegar al final de etapa sobre la misma hora. La Transpirenaica a nuestra manera.

Nuestro sueño es darnos un baño en el Mediterráneo y unos días más tarde mojarnos en las aguas del Cantábrico, de la Costa Brava al País Vasco subiendo la mayoría de puertos míticos de los Pirineos catalanes, andorranos y franceses.

Con apenas unos días de antelación, preparamos la logística del viaje con la ayuda de nuestro amigo Jordi y con cambios de última hora, ya que íbamos a comenzar en Portbou, justo en la frontera franco-española, pero la existencia del "Carrilet", el trazado del antiguo ferrocarril de vía estrecha que atraviesa Girona, y comunica la Costa Brava con los Pirineos, me hace modificar la ruta. Este dato es importante, dado que pedalear por una vía verde con bicicleta de carretera y cruzar de Andorra a Lleida por el puerto de Cabús, implica el montar una rueda de mayor medida, ya que son pistas aptas para mountain bike.

Espero haber aprendido de errores del pasado; de no alargar las etapas en exceso y pedalear con todo el calor de Julio, de no parar a comer y acto seguido seguir la ruta, y sobre todo no pedir paella en Francia por muy tradicional que sea en mi familia ese plato los domingos. El hecho de que me acompañe Javi y lleve todo el equipaje, me evita el cargar con peso y tener que hacer la colada al acabar la jornada.

De manera que el sábado 7 de Julio, San Fermín, sin madrugar mucho comenzamos nuestras vacaciones rumbo a Girona capital. La idea era pasar el día por las calas del cabo de Begur y al caer la tarde coger la dama azul (a este nombre responde mi bicicleta) y hacer los 44 kilómetros que separan San Feliu de Guíxols de Girona, pero se estaba tan bien en la playa y hacía tanto calor, que decidí dejarlo para el día siguiente. Empezábamos bien.


1º DÍA SAN FELIU DE GUÍXOLS – GIRONA

Trayecto: 44 Kms.

Tiempo: 2 horas y 13 minutos.

Velocidad media: 20 Kms/h.




Domingo, 8 de Julio de 2007
El haberme quedado el día anterior viendo el atardecer en el Parador de Aiguablava y estar alojados en un hotel de Girona capital, implica el madrugar y salir a las 9:15 rumbo a Sant Feliu de Guixols para iniciar la ruta a los pies del Mar Mediterráneo. De esta manera ni siquiera monto el cuentakilómetros al salir por las calles de Girona; es una de las cosas que más me gusta cuando hago cicloturismo, pasear al punto de la mañana por las calles céntricas de las ciudades cuando no están llenas de gente.

Al salir, dudo por un momento si ir por carretera hasta el lugar de inicio de mi travesía, pero decido coger la vía verde y comprobar si las cubiertas son apropiadas. Las decisiones son muy acertadas, porque al ser domingo el tráfico es muy intenso por la nacional que conduce a la playa, y por otro lado, las cubiertas de 28 pulgadas ruedan perfectamente sobre el pavimento del "Carrilet". El recorrido del antiguo tren de vía estrecha está muy bien indicado y me cruzo con bastantes ciclistas de todo tipo y condición. La reacción de la mayoría es saludar, sonreír e inmediatamente bajar la mirada para buscar en mis ruedas la explicación a que una bici de carretera circule por semejante pista. La ruta es muy agradable, el aire da de cara y el día va camino de ser muy caluroso.

En Santa Cristina d´Aro abandono la vía verde para evitar el pequeño rodeo que da, y ahora sí, por carretera, voy en línea recta hacia el mar. Después de un pequeño repecho, alcanzo la localidad de Sant Feliu de Guixols y una prolongada bajada me conduce hasta su paseo marítimo.

Son las 12 del mediodía, coloco el cuentakilómetros a cero, me hago las fotos de rigor frente al Mediterráneo y aviso vía sms a las personas más cercanas. Una buena amiga me recuerda que estoy de vacaciones y que se trata de disfrutarlas. Así que entre una gran muchedumbre me hago paso como puedo y huyendo del turismo de playa agobiante, voy en busca de la tranquila pista de la vía verde que me lleve de vuelta hasta Girona.


Obviamente, excepto los primeros doce kilómetros, ya conozco el recorrido, pero resulta igual de interesante hacerlo en el otro sentido de la marcha; suave pendiente que me lleva a atravesar el Baix Empordá y me conduce al corazón de la comarca del Gironés. Me vuelvo a cruzar con muchos con los que lo había hecho anteriormente, pero a partir de la una y media ya no me encuentro con nadie, el calor es sofocante, y pasadas las dos de la tarde llego al centro de Girona. Junto al río Onyar me encuentro con Javi y decidimos que lo más sensato es un bañito en la piscina del hotel y descansar hasta que afloje el sol para continuar la visita a la ciudad.

Etapa de auténtico cicloturismo y de disfrute absoluto para la vista a consecuencia de los paisajes tan amplios y llanos.


2º DÍA GIRONA – RIPOLL


Trayecto: 111 Kms.

Tiempo: 5 horas y 44 minutos.

Velocidad media: 19,3 Kms/h.

Total: 155 Kms.


Lunes, 9 de Julio de 2007










Vuelvo a salir a la misma hora. A partir de hoy el recorrido va a ser en una única dirección y de nuevo siguiendo el recorrido del Carrilet que me llevará hasta la capital de la comarca del Ripollés. Me despido de las calles de Girona, pasando por la antigua estación de tren reconvertida en un centro de información juvenil y llego hasta la cercana localidad de Salt donde debo coger la mencionada vía verde, pero las indicaciones brillan por su ausencia y me pierdo en el núcleo urbano, así que recurro a la buena costumbre de preguntar a los lugareños para ponerme en el buen camino.

A diferencia del día anterior, no voy a contemplar enormes paisajes de llanuras, sino que la belleza del recorrido reside en los profundos bosques y en las encajadas zonas rocosas por las que circulaba el tren, como la impresionante llegada a Olot en suave bajada. Resulta fácil imaginar cómo, por donde yo voy dando cómodos pedales, hace años circulaba una máquina de vapor que atravesaba la zona volcánica de la Garrotxa.

La climatología es ideal para la práctica del ciclismo, suave temperatura y nublado, pero al ser un día laborable, la cantidad de gente que me encuentro tanto caminando como en bici es mucho menor. Lo que no cambia respecto a la jornada de ayer es el saludo, "Adeu", prácticamente todo el mundo me responde de la misma forma al gesto que hago con mi cabeza o con mi mano. Compruebo que contra mayor es la persona, el saludo se comprime más, llegándose a convertir en un "Deu". Me cruzo con tres chicas jóvenes que montan en btt con alforjas, que responden con un gracioso "hola" con acento anglosajón; evidentemente no son de la zona, al igual que yo.

Al paso por Anglès, alcanzo a un grupo de chavales excursionistas que ocupan el ancho del Carrilet; reduzco la marcha y se van apartando para dejarme paso, a lo que uno de ellos me grita "Aupa Indurain" (éste tampoco es de por aquí) y como un resorte, sin poder evitarlo, me paso al arcén de la carretera, me pongo de pie y acelero mi marcha. Durante unos metros me siento especial, han dicho las palabras mágicas, pero en seguida bajo de las nubes y vuelvo al suave ritmo de mi viaje.

La visita a Olot resulta indiferente, no me parece una localidad bonita; después de un suave avituallamiento reanudo la marcha y me meto de lleno en la primera encerrona de la ruta. Las indicaciones de vía verde son inexistentes, entre otras cosas porque el tramo está todavía en construcción, de manera que tomo la dirección confiado de los carteles que me mandan hacia Ripoll. Mi sorpresa es mayúscula cuando me doy de lleno con la entrada del túnel de Collabós, evidentemente con circulación prohibida para bicicletas, por lo que me tengo que desviar por la antigua carretera que asciende el Coll de Capsacosta. Me he confundido de carretera y calculo que he hecho unos 15 kms de más; hasta que me doy cuenta de mi error, paso unos minutos de desconcierto absoluto, hasta el punto de llegar hasta Sant Joan de Abadeses de forma inesperada. Aquí debo encontrar la ruta del hierro y el carbón, el último tramo de vía verde, que sobre un perfecto aglomerado asfáltico me hace deslizarme suavemente hasta el final de mi segunda etapa. Son las cuatro de la tarde. Tenemos tiempo de sobra para alojarnos y hacer turismo por la zona.

Con la llegada a Ripoll pongo fin a mi tránsito por las vías verdes de Girona, que me han llevado desde la Costa Brava hasta las faldas del Pirineo, pero no voy a desmontar las cubiertas tipo bicicleta BH de toda la vida, ya que las necesitaré el día que abandone Andorra.


3º DÍA RIPOLL - PUIGCERDÁ

Trayecto: 67,3 Kms.

Tiempo: 3 horas y 21 minutos.

Velocidad media: 20 Kms/h.

Total: 223 Kms.








Martes, 10 de Julio de 2007
Sin lugar a dudas se trata de la etapa más cómoda y sencilla de toda la ruta. Únicamente tengo que superar la Collada de Toses (1800 m) para pasar a la Cerdanya catalana y llegar a su capital Puigcerdá, que linda con la frontera francesa.

La mañana es fresca y dado que no son muchos los kilómetros remoloneamos un rato en la cama. Nada más salir adelanto a un matrimonio mayor suizo que hace cicloturismo auténtico de alforjas; nos deseamos buen viaje y comienzo a ascender el puerto. La carretera goza de buen asfalto, pero carece de arcén, por lo que hay que circular con precaución. Diviso a otros dos alforjeros con bici de montaña; son de Madrid y están haciendo la transpirenaica por pistas. Charlamos un buen rato e intercambiamos opiniones, hasta que deciden ralentizar el ritmo. Continúo sólo, sigo ascendiendo cómodamente y me sucede algo hasta ahora inusual para mí: Tengo frío. Luce el sol, pero el aire sopla y es helador, y conforme más asciendo, mi destemple es mayor, así que decido parar y ponerme el cortavientos que llevo en el bolsillo. Mucho mejor.

Justo en la cima del puerto nace la carretera que conduce a las pistas de esquí de La Molina y La Masella. La visión de toda la Cerdanya es impresionante y le dedico unas fotos y unos minutos. Me coloco en el pecho una bolsa de plástico para casos de emergencia, y un suave, largo y tendido descenso me lleva hasta Puigcerdá. El comportamiento de las cubiertas por asfalto resulta magnífico.

Javi está esperándome en el Hotel del Lago, qué casualidad con lo sibarita que es mi amigo, uno de los mejores de la localidad. Es la una del mediodía y la tentación del jacuzzi y la piscina muy grande, así que sucumbimos a sus encantos y nos damos un pequeño homenaje con siesta incluida. Tumbados en una hamaca con cerveza en mano, nos miramos y nos decimos riendo "Esto es vida".

 


4º DÍA PUIGCERDÁ – LA MASSANA (ANDORRA)


Trayecto: 84,6 Kms.

Tiempo: 4 horas y 20 minutos.

Velocidad media: 19,6 Kms/h.

Total: 307 Kms.


Miércoles, 11 de Julio de 2007










La mañana vuelve a salir fría y encima con nubes. El día no tiene buena pinta, pero no me puedo demorar mucho porque tengo por delante tres puertos pirenaicos. Menos mal que a última hora metí en la maleta un maillot de manga larga y el chaleco, porque los voy a necesitar.

Para ir a Andorra desde Puigcerdá hay dos posibilidades; la más corta, cómoda y lógica es por la Seu de Urgell; la más larga, complicada y atractiva para un ciclista es por Pas de la Casa. Javi elige la primera y yo obviamente la segunda.

Echar a rodar y cruzar a Francia es todo uno. Poco a poco, pedaleando hacia el norte, me voy adentrando en el valle del río Querol. Tráfico intenso de vehículos y camiones, la carretera va picando hacia arriba hasta que me encuentro con la entrada del túnel de Puymorens. Esta vez no me pilla de sorpresa, ya que desde hace días sabía que tenía que ascender el col de Pimorent (1915 m). El tiempo es muy desapacible y comienza a gotear. No me encuentro muy bien, pero al poco de comenzar el puerto me cruzo con una furgoneta matrícula de Navarra que me pita y su conductor me anima puño en alto. Jamás sabrá aquel hombre la moral que me dió en ese momento, así que aprieto los dientes, hago caso omiso de la molesta lluvia y asciendo el puerto. En el alto lo que moja es la espesa niebla que proviene de la otra vertiente, así que me pongo el chubasquero para la bajada; ésta no es muy larga, y enseguida enlaza con la carretera que proviene del sur de Francia y que conduce a la frontera andorrana. Vuelta a subir. El tráfico es brutal de coches con matrícula francesa que van hacia el Principado; cruzo la aduana y pedaleo por primera vez en mi vida por tierras andorranas. Después de una incómoda ascensión, no por el porcentaje, sino por el continuo ir y venir de vehículos, llego a Pas de la Casa, un enorme complejo de comercios, hoteles, restaurantes e instalaciones relacionadas con el esquí. Entre una marabunta de carteles diviso uno donde se lee "Casa Ruiz"; la parada es obligada para avituallarme, dónde si no me van a tratar mejor que en un sitio que lleva mi apellido. Y así es, coca-cola, croissant delicioso y cortado 2,50 €, lo prometo.

Reanudo la marcha y empiezo a pedalear por una carretera muy ancha de tres carriles que me llevará a coronar el Port de Envalira (2408 m). El denso tráfico se ha disipado, supongo que los coches se han repartido entre los que se han quedado de compras y los que han optado por el túnel de peaje para cruzar al otro lado de la montaña. Lo que no ha desaparecido y va en aumento es la niebla, una auténtica pena porque no me deja contemplar las grandes montañas pirenaicas. Y tras dos grandes curvas en herradura, llego a tres gasolineras y casi sin darme cuenta, corono el puerto. Todavía me crea más sorpresa la temperatura que da el termómetro de la cumbre; 7ºC a comienzos de Julio y la una del mediodía. Los Pirineos son así.

La bajada es para disfrutar, tanto por la carretera como por el paisaje, y así lo hago; este lado del puerto es mucho más duro que por donde lo he ascendido yo. Estoy contento, voy bien de hora, sólo me falta una subida y la jornada me está yendo bien.

Al llegar a Canillo, abandono la carretera principal que lleva a Andorra La Vella para ascender el Col de Ordino (1980 m). Es un puerto precioso, clásico, que va remontando la montaña con continuos zig-zags sobre la ladera; el principio se hace bastante duro y luego va suavizando conforme se adentra en un frondoso bosque. Después de coronar, desciendo hasta la localidad de Ordino y sobre las tres de la tarde termino en La Massana, donde tenemos una habitación reservada por internet en un hotelazo de cuatro estrellas por un precio muy módico; curiosamente no me guardan la bicicleta, pero me permiten subirla a la habitación. Por la tarde haremos las típicas compras de perfumes, tabaco para los familiares fumadores y chocolates.



5º DÍA LA MASSANA (ANDORRA) – VIELHA (LLEIDA)


Trayecto: 113 Kms.

Tiempo: 6 horas y 40 minutos.

Velocidad media: 17 Kms/h.

Total: 421 Kms.


Jueves, 12 de Julio de 2007












Sexto encierro de las fiestas de San Fermín y el más peligroso de los últimos años. Lo vemos en directo y resulta ser un mal presagio de lo que me espera durante toda la jornada. A pesar de madrugar más que ningún día, pasadas las nueve empiezo a rodar. La mañana es fresca, 9ºC, pero en cuanto empiezo a subir hacia la estación de esquí de Pal entro en calor. Se trata de una subida exigente, con tramos muy duros y el firme en muy buen estado, como todas las carreteras de Andorra. Una vez alcanzado el Coll de la Botella (2069 m) donde se encuentra el final de la estación de esquí, hay que seguir ascendiendo, pero ahora de una forma mucho más tendida. La principal dificultad me la encuentro con un grupo de vacas que ocupan el ancho de la calzada; se me quedan mirando y paso de forma suave entre dos de ellas.

Entré al principado por el Este y voy a salir por el Oeste, atravesando el puerto de Cabús (2301 m), por la llamada ruta de los contrabandistas. Javi no puede seguir mi mismo recorrido porque al llegar a la frontera con España, la maravillosa carretera se convierte en una pista forestal sólo apta para vehículos todoterreno y mountain bike. Y ahí estoy yo, con mi dama azul y las cubiertas que le he puesto para la ocasión.

El valle por el que empiezo a descender es precioso, paisaje típico pirenaico con abundantes vacas y caballos. Llega un momento en que tengo que echar el pie a tierra para atravesar tramos que están en muy mal estado e incluso para salvar el cauce de un río. Pero como me había informado de ello, hoy llevo una pequeña mochila con unas zapatillas de deporte para caminar con mayor comodidad. Después de 8 kms de descenso llego a Tor, pueblo que se ha hecho bastante famoso desde la publicación del libro “Tor, 13 casas y 3 muertos”. La verdad es que al contemplar donde están enclavadas las casas, uno se da cuenta de lo dura que es la vida en la alta montaña. Reanudo mi viaje con la confianza de que la pista mejorará, pero mi gozo en un pozo y el descenso hasta el pueblo de Alins se convierte en una auténtica agonía. Debo ir con mucha precaución, frenando continuamente y esquivando piedras, por lo que se me empiezan a cargar manos y brazos. Confieso que ya no estoy disfrutando de la bajada, es lógico, no es terreno para una bici de carretera, así que cuando de repente aparece el asfalto, un enorme alivio recorre todo mi cuerpo. De esta manera me planto en Llavorsí, donde enlazo con la carretera C-13, habiendo recorrido sólo 34 kilómetros en 4 horas!

Me quedan 80 kms con la subida a la Bonaigua (2072 m) incluida. Empiezo a ser consciente que la etapa se me ha ido de las manos.

El terreno que conduce hasta el puerto es un falso llano que remonta el valle hasta Esteri d´Aneu y mientras observo la vegetación, más mediterránea que pirenaica, pienso que no dispongo de ningún gregario que me lleve cómodamente hasta las primeras rampas. La Bonaigua es un puerto muy largo, pestoso, no excesivamente duro, pero que con los kilómetros que llevo en las piernas y la hora que es, a mí se me hace terrible. El aire sopla en contra, pero al menos no es caliente y me sirve para enfriar el motor. Para terminar de fastidiarla, está en obras, y la gravilla y el alquitrán se agarran a las cubiertas que llevo. No es mi día y me pregunto quién hubiera ganado aquella vuelta a España del 91 si no se hubiera suspendido por la nieve la etapa que debía ascender este condenado puerto.

A falta de 5 kms para el alto hay un bar-restaurante donde decido parar a beber y comer algo. Son casi las cuatro de la tarde y el camarero me comenta que me faltan unos 300 metros de desnivel y que no son cómodos. Gracias por los ánimos, pero resulta que es el tramo de subida más bonito y que por la cantidad de curvas que tiene, se me hace más agradable.

Me queda el gratificante premio de la larga bajada hasta Vielha pasando por Baqueira; el paisaje es mucho más espectacular y verde a este lado, no en vano, acabo de entrar por primera vez en mi vida en el Valle de Arán. Llego molido, más cansado que ningún día, menos mal que en el Hotel Albares, Mercedes nos trata de maravilla y hace sentirnos como en casa. Aún me quedan fuerzas para acompañar a Javi, eso sí, en coche, a visitar las famosas iglesias románicas del valle de Boi- Taüll y de cambiar las cubiertas que tan buen resultado me han dado, por las de 23 pulgadas de carretera de siempre.


6º DÍA VIELHA (LLEIDA) – STA MARIE DE CAMPAN (FRANCIA)


Trayecto: 96,3 Kms.

Tiempo: 5 horas y 3 minutos.

Velocidad media: 19 Kms/h.

Total: 517 Kms.


Viernes, 13 de Julio de 2007
















Con diferencia es la noche que mejor dormimos, pero no quiero que me pase lo del día anterior y no me entretengo; me esperan tres puertos pirenaicos dignos de una etapa del tour y abandono el Valle de Arán hacia el norte. Se nota que me encuentro en una zona fronteriza y que las cosas están un poco revueltas, porque en muy pocos kilómetros me cruzo con un vehículo de la Guardia Civil, otro de los mossos de escuadra y dos de la policía nacional.

Llego a Bossost, que me recibe con un cartel amarillo que me corta la respiración: “Acceso a Francia por el Portillón cortado por obras de marzo a julio de 2007”. No puede ser, esto trastoca totalmente mi recorrido. Después de maldecir mi mala suerte, decido preguntar a un lugareño que está recogiendo las hojas secas de su jardín y me dice que no haga caso, que se puede circular perfectamente y que están pasando coches continuamente tanto con matrícula francesa como española. Le doy las gracias pero no me quedo muy convencido, así que me pongo en medio de la carretera y paro al primer coche que baja. En mi francés macarrónico pregunto a su conductor y me dice que la carretera está abierta. Menos mal, inmediatamente llamo a mí compañero de viaje que viene por detrás y le digo que no se asuste y que no varíe la ruta.

Me he recuperado bastante bien de la paliza del día anterior y a pesar de algún que otro tramo duro, subo con comodidad entre medio de grandes pinos el Portillon (1293 m); el cambio de cubiertas también se nota y me alegro de haberlo hecho antes de cenar a pesar de la pereza que me daba. Entro en Francia, país que ya no voy a abandonar en lo que se refiere a la bici hasta el final de mi travesía. Las obras de mejora del lado francés están prácticamente finalizadas y únicamente están pintando el asfalto recién puesto. Disfruto mucho de la bajada y me cruzo con una gran cantidad de ciclistas; ésta va a ser la tónica general de la jornada. Llego a la localidad de Bagnères de Luchon y tras seguir las perfectas indicaciones en los cruces, comienzo a ascender la segunda dificultad montañosa de la jornada, el Peyresourde (1563 m). Es un puerto que ya conozco, ya que lo ascendí en Julio del 2003 en bici de montaña junto a mi amigo César el día que la etapa del tour terminaba en Lounndeville. El cielo está completamente limpio y me permite observar a mi izquierda la cara norte del Aneto; la ascensión no tiene nada que ver a la de hace cuatro años cuando la carretera y las laderas estaban llenas de aficionados, coches y tiendas de campaña. Llego a la parte final del puerto y reconozco la explanada donde estuvimos acampados junto a Txomin y Esther en aquel tour y la rampa donde vimos pasar con entusiasmo toda la caravana de la ronda gala. En cabeza pasaron Simoni, Virenque y Dufaux, minutos más tarde Amstrong, Ulrich y compañía, siendo el italiano el que se llevó el gato al agua en la meta.

Por una carretera lateral se incorpora un ciclista; no lleva casco ni tampoco maillot, va con el pecho al aire dándose cierto aire de superioridad y se le nota que quiere alcanzarme; pues por mis narices que éste no me adelanta; siento su aliento en el cogote y mi orgullo me somete a un gran esfuerzo para conseguir pasar el primero por el alto. Por el honor de los buenos cicloturistas, creo que me he ganado una coca-cola en el bar que hay nada más pasar la cima; 2€, un poco caro comparándolo con el bar de “mi familia” en Andorra, pero me sabe a gloria.

Siempre he dicho que lo mejor de una subida es su bajada, en este caso hasta Arreau, donde lleno los botellines de agua y me dispongo a afrontar el famoso col del Aspin (1489 m). Este puerto lo he subido en dos ocasiones, pero ambas en coche; recuerdo que no es muy duro, pero ¡ay!, qué diferente es tener entre manos un volante o un manillar de bicicleta. Efectivamente su comienzo se hace bastante llevadero entre árboles, pero conforme van cayendo los kilómetros, sus rampas se van endureciendo y las sombras desaparecen, de manera que el sol de las dos del mediodía actúa sin piedad. A falta de menos de tres kilómetros para la cima, veo un pequeño ensanchamiento a la derecha con sombra y me digo: “¡Cuerpo a tierra!”. Cojo un poco de aire y realizo el último esfuerzo del día.

Justo antes de coronar, un gran cartel avisa que la cima es zona de pastoreo y hay ganado suelto, y así es, vacas y cabras cruzan a su antojo la carretera y los vehículos deben parar. Me encuentro con dos holandeses que han subido por el otro lado y me comentan que no están acostumbrados a tanto calor; yo sí que lo estoy, pero me sienta igual de mal que a ellos. Nos hacemos intercambio de fotos en el cartel del Aspin y en el momento que les estoy fotografiando, me advierten acerca de una vaca que está junto a mi bicicleta. El animal, que no es tonto, le está dando lengüetazos al botellín que llevo con sales isotónicas; el momento me parece muy gracioso y me dispongo a hacerle una foto, cuando de repente noto que algo me succiona el brazo derecho. Giro mi cabeza y me encuentro con la cabeza de una vaca enorme que está chupando el sudor de mi piel. Rápidamente aparto mi brazo de su boca, pero varias compañeras ya se han acercado para darse un festín a costa del salitre que sale de los poros de mi piel, y como si de un encierro de San Fermín se tratase, salgo huyendo del lugar.

Sólo me queda un merecido descenso y encontrarme con mi amigo; estoy muy satisfecho de cómo ha ido la jornada. En Sta Marie de Campan nos alojamos en un pequeño hotel que está justo antes del desvío al Tourmalet llamado “Les Deux Cols” (los dos puertos) y cuando el propietario nos acompaña a la habitación nos dice riendo en castellano: “un corredor y un entrenador”.



7º DÍA STA MARIE DE CAMPAN – LARUNS (FRANCIA)


Trayecto: 103 Kms.

Tiempo: 5 horas y 43 minutos

Velocidad media: 18 Kms/h.

Total: 620 Kms.


Sábado, 14 de Julio de 2007


















Hoy es fiesta nacional en Francia y yo tengo mi pequeño festival ciclista con la ascensión de los míticos Tourmalet y Aubisque. Al primero no le tengo miedo, lo afronto descansado de salida y a primera hora del día, pero al segundo le tengo pavor por el calor y por el cansancio acumulado.

Este coloso pirenaico también lo subí en el año 2003 del tirón, pero quiero darme el gustazo de hacerlo con mi querida dama azul, y comienzo la ascensión. El principio es muy suave, pero poco a poco se va endureciendo, sobre todo cuando se toma una gran curva hacia la derecha. Me adelanta Javi y me comenta que en el pueblo ya teníamos 21ºC a las nueve de la mañana; la carretera va muy encajonada en el valle y tengo la sensación de ahogo, no voy nada cómodo, demasiado pronto empiezo a sufrir, además soy una persona que le cuesta mucho coger el ritmo. Pero llego a la zona de las viseras y el valle se empieza a abrir, y el viento comienza a soplar; me da de cara, pero no me importa porque me refresca bastante y me empiezo a encontrar mucho mejor.

Alcanzo a un cicloturista con bici de montaña y rueda lisa, que me recuerda a mí hace cuatro años. “Bonjour” nos saludamos, se me queda mirando y dice: “Ah, trek”, y pienso: “¡Como si por el hecho de ser de esa marca subiera sola!”.

Es el primer día que mi compañero de viaje me acompaña en una ascensión y curiosamente, sin haberlo hablado previamente, se para a hacerme unas fotos en el mismo punto donde en el Tour del 95 estuve presenciando el paso de los ciclistas. Que cosas tiene el destino, hace doce años ya amaba este deporte, pero ni siquiera tenía bicicleta, y hoy Javi me retrata en el mismo sitio donde vi pasar majestuoso a Miguel Indurain camino de su quinto Tour de Francia, aquel trágico día que Fabio Casarteli tuvo un accidente y perdió la vida.

Alcanzo La Mongie y sé de buena tinta que llego a la parte más dura, pero no me importa, me siento pletórico y voy como un cohete hacia la cima. A menos de tres kilómetros para coronar me suena el móvil; depende de quién sea no lo cojo, pero es Cristina y sé que está mal contarlo, pero respondí y hablé en marcha.

- ¡Hola! Ni te imaginas donde estoy.
- ¿Dónde?
- Subiendo el Tourmalet.
- Pero ¿estás parado?
- Que no, que no, estoy casi llegando, estás viviendo un momento histórico.
- Tú estás loco.

Fueron 2 minutos 42 segundos de conversación que me dieron mucha moral, en los cuales no sientes el sufrimiento y te olvidas del pulsómetro y de los kilómetros que quedan. Solamente me llamaba para darme ánimos.

Este puerto está vencido y afronto la última curva donde hace cuatro años me esperaban Esther y Txomin, y éste último me dió un empujón en el trasero que me subió la última rampa. La cima del Tourmalet es un santuario ciclista. Deberían colocar un cartel igual que en el Aspin, pero que advirtiera que en lugar de vacas, hay ciclistas cruzando permanentemente y sacándose fotos.

La bajada ya no la conozco, así que con precaución, sobre todo por la cantidad de cicloturistas con los que me cruzo, llego a Luz St-Sauveur. Es una localidad muy turística y si además tenemos en cuenta que es festivo, no es de extrañar el gran ambiente que hay en sus calles. Desde aquí tengo unos veinte kilómetros algo incómodos hasta Argelès-Gazost y cuando llevo muy pocos de ellos recorridos, me adelantan como dos locomotoras dos ciclistas con el mismo equipaje; pasados unos segundos me sobrepasa una chica gritando como una poseída a los dos anteriores supongo que para que le esperen, y al momento otra chica más con idéntico vestuario. ¿Y quién es esta gente? Así que miro hacia atrás y veo que aún viene otro rezagado, y me digo a mi mismo: “Esta rueda no se me escapa”, acelero la marcha y cuando me adelanta, me pego a su estela. Ruedo tanto tiempo detrás de él que me da tiempo de analizar el equipaje y deducir quienes son. Se trata de un grupo de australianos que, según reza en la parte trasera de su culote, están haciendo “Le tour de les amies” y en su maillot llevan escritos todos los puertos famosos de la zona que van a ascender: Cauterets, Luz Ardiden, Tourmalet... Me parece una idea genial, pero por la marcha que llevan no me parece que sean muy amigos; el caso es que a mí me llevan en butaca hasta el cruce del Aubisque (1709 m), desde donde tengo 30 kilómetros hasta la cima, teniendo que coronar en primera instancia el col de Soulor (1474 m).

Como me esperaba, el día es muy caluroso, pero el cielo no está raso y de vez en cuando alguna nube tapa durante un rato el sol, cosa que yo agradezco enormemente; pero en lo que es la subida propia del Soulor "el lorenzo" calienta con fuerza y yo intento protegerme bajo mi pequeña gorra ciclista, como si quisiera esconderme del sol y pasar de puntillas para que no se dé cuenta de que estoy ahí, pero no tiene compasión conmigo.

A menos de dos kilómetros para la cima me alcanzan dos ciclistas vascos y coronamos juntos. Paramos a tomar un refresco en el bar de la cima del Soulor y continuo con ellos hasta el col del Aubisque; vamos charlando todo el rato y la conversación resulta tan agradable que sin darme cuenta llegamos arriba. Este último tramo me ha hecho darme cuenta de lo duro que es pedalear en solitario y valorar todavía más lo hecho hasta este momento. Volvemos a parar en el bar de la cima, y en este caso acompañados ya de Javi, nos tomamos una merecida cerveza en la terraza; es ahí donde recibimos un sms de un “amigo” que nos dice que no podemos quedarnos a dormir en su casa de Sallent de Gállego. Es sábado, queríamos ir al festival de música de Pirineos Sur en la provincia de Huesca y nos acaban de dejar tirados. Bajamos hasta Laruns, montamos la bici en el coche y tomamos dirección España; hemos decidido no cambiar de planes y que salga el sol por donde quiera.

Situaciones así te hacen ver quienes son los verdaderos amigos y en nuestro auxilio acude Quique que es de Sabiñánigo con sacos de dormir y su Nissan pathfinder para que podamos pasar la noche.



8º DÍA LARUNS – LARRAU (FRANCIA)


Trayecto: 67 Kms.

Total: 687 Kms.


Domingo, 15 de Julio de 2007






Podría contar que la etapa fue muy corta, que la hice a un ritmo muy suave y que la subida al Marie Blanque me la tomé con mucha tranquilidad. Que hizo mucho calor y sudé un montón como de costumbre, y que la dura llegada al pueblo de Larrau me obligó a un último esfuerzo, pero sería todo mentira, porque la verdad es que la hice en su totalidad en coche.

La idea era haber pasado todo el domingo descansando y recuperándonos de la juerga de la noche anterior en Sallent, pero habíamos dormido en el coche y al mediodía ya nos estábamos bañando en el pantano de Lanuza. Comimos con Quique en Escarrilla y después de los cafés decidimos coger el coche y neutralizar la etapa hasta Larrau. Si todo hubiera salido como teníamos previsto, habría hecho esta pequeña etapa el lunes y enlazado la ruta en Laruns, y tras ascender el Marie Blanque por su lado suave, habría llegado a Larrau por la carretera de Arette. Pero la resaca era monumental y el calor sofocante, así que decidimos adelantar una etapa. No tengo cargo de conciencia por ello, ni tampoco le resto mérito a la travesía. Hacía menos de un mes que había subido el Marie Blanque por su vertiente dura en la Quebrantahuesos y estaba muy satisfecho de mi rendimiento.

Durante el viaje solamente hicimos una parada, en el cruce del Marie Blanque por el valle del Aspe, en una pequeña ermita que hay al pie de la carretera. Justo allí tuvimos que abandonar hace ahora dos años la transpirenaica Quique y yo; habíamos salido el día anterior de Hendaya con las bicis de montaña y las alforjas con el objetivo de atravesar los Pirineos y llegar al Mediterráneo, pero sufrí en la primera etapa la mayor pájara de mi historia y al día siguiente tuvimos que abandonar. Aquel lunes de Julio del 2005 diluviaba y hacía frío, y mojados y abatidos esperamos bajo el tejadillo de la ermita a que nos rescatara el padre de Quique. En homenaje a mi amigo y para poder recordar aquel triste momento, me hago una foto junto a la ermita en idéntica posición, con la diferencia que en esta ocasión en vez de protegerme de la lluvia, lo hago del sol.

Es la tercera vez en mi vida que paso por Larrau, la última hace poco más de un mes cuando participé en la cicloturista "Irati Extrem" y la primera cuando llegué con Quique anocheciendo en aquella fatídica jornada.

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y yo voy camino de demostrarlo, porque mi estado físico no es el más apropiado para afrontar el duro puerto que me espera mañana de salida y que hace dos años me tumbó por su otra vertiente. Mi aparato digestivo no se encuentra en muy buenas condiciones, hasta el punto de no cenar absolutamente nada. ¿Serán los nervios? Supongo que también influirán; estoy a punto de sacarme una espina que llevo clavada desde hace muchos meses. He dejado intencionadamente el puerto de Irati para el final, para que la venganza sea mucho más placentera.

Antes de acostarnos falta por aclarar un dato muy importante, dónde vamos a poner fin a nuestro viaje, así que desplegamos el mapa y empezamos a repasar toda la costa del Cantábrico; Fuenterrabía, Hendaya, Biarritz... y decidimos que de Santo a Santo, y que terminaremos en San Juan de Luz, junto a su famosa y preciosa bahía.



9º DÍA y último LARRAU – SAN JUAN DE LUZ (FRANCIA)


Trayecto: 107 Kms.

Tiempo: 4 horas y 40 minutos.

Velocidad media: 22,9 Kms/h.

Total: 727 Kms (794)


Lunes, 16 de Julio de 2007
















Ha llegado el gran día. Sólo me falta un puerto y unos ochenta fáciles kilómetros por el País Vasco francés para que mi sueño se haga realidad y concluir nuestro viaje de mar a mar.

La mañana es ideal para la práctica del ciclismo, nublado y temperatura agradable. Nos despedimos de la gente del pequeño hotel "Etxemaite" donde, como viene siendo habitual durante estos días, nos han tratado de maravilla, y mientras preparo la bici y metemos las maletas en el coche, observamos el continuo paso de camiones que van en dirección al puerto de Larrau para asfaltarlo, dado que en pocos días el Tour de Francia pasará por ahí. Nosotros debemos dejar su desvío a la izquierda y seguir rectos camino de San Jean de Pied de Port; los dos primeros kilómetros son de bajada, algo que ya sabía y es por ello que no me confío. Llevo dos años esperando este momento y "ahora estamos solos tú y yo", y la dama azul de testigo que nos mantiene en contacto a través de sus ruedas. Comienza la subida. El trayecto es precioso, en medio de un frondoso bosque con el sonido relajante de las aguas del río que corren a mi derecha, pero no me dejo engatusar, sé que este puerto va a jugar sucio y me guarda alguna sorpresa. Llega una rampa muy dura, tengo que meter el piñón del 28, y de repente algo pasa; se me ha salido la cadena. Llevo una semana pedaleando sin un solo problema mecánico, ni un triste pinchazo, y se me tiene que salir la cadena precisamente aquí. La coloco en su sitio y retomo la ascensión. Poco a poco los árboles van desapareciendo y a ambos lados tengo extensas laderas para el pasto de las vacas. El sol se está portando y todavía no me ha saludado, pero conforme voy ascendiendo se empieza a levantar viento y cada vez sopla con más fuerza; ya sabía yo que este puerto no había dicho su última palabra, tomo una curva a izquierdas y me empieza a soplar a favor ayudándome en la ascensión. No me lo puedo creer. De esta manera me planto a 3 kms de la cima; una señal me indica la pendiente media del próximo kilómetro, al 12´5% , siendo del 11% el penúltimo; muy duros y exigentes. Levantándome continuamente de la bici afronto el último que es algo más suave, 7%. Voy muy despacio, disfrutando de mi última ascensión, con una mezcla de sentimientos, alegría por vencer a este último puerto y cierta tristeza porque la aventura está tocando a su fin.

Una vez coronado el puerto de Irati (1327 m), hay que realizar un precioso descenso que atraviesa un hayedo espectacular y pasa junto a dos pequeños lagos de agua cristalina, hasta llegar a los chalets de Pedro donde hay que girar a la derecha. Desde aquí tengo un repecho de un par de kilómetros hasta coronar el Puerto de Burdincurucheta, mi verdadero verdugo en el año 2005 y al llegar a su alto, compruebo que en un lateral hay un diminuto cartel que lo anuncia, que en mi opinión por su tamaño, no hace honor a su dureza, sobre todo por sus cuatro primeros kilómetros que tienen un porcentaje de más del 10%. Este puerto resulta canalla hasta para bajarlo, porque justo en su alto se pone a llover con el peligro que ello conlleva, a parte de un par de curvas muy fuertemente peraltadas. Extremo la precaución y tras recorrer unos kilómetros de terreno llano que coinciden con el camino de Santiago, llego a San Jean de Pied de Port, donde hemos quedado Javi y yo para almorzar; por supuesto ninguno de los dos pedimos paella.

Cuando intenté la Transpirenaica en sentido contrario, llegamos hasta aquí después de haber coronado cuatro puertos en una mañana. Siguiendo la frontera entre Navarra y Francia pasamos por el alto de Ibardin (317 m), Lizuniaga, Otxondo (602 m) e Izpegi (690 m). Considero que ya los tengo en mis piernas y prefiero tomar una cómoda carretera que me lleve cruzando toda la región del País Vasco francés hasta la costa y disfrutar del final de mi viaje.

Circulo por la carretera que va dirección Bayona hasta que llego al cruce que indica Espelette; desde esta localidad no tengo más que seguir las señales que me llevarán hasta San Juan de Luz. Cuando me faltan menos de 20 kms para terminar, comienza a llover, primero de forma suave y durante unos minutos con mayor intensidad, pero no me importa y no paro, sólo quiero terminar.

Llego al término municipal de San Juan de Luz y me encuentro con un gran atasco para entrar al centro, normal al estar lloviendo y ser un lugar tan turístico. Ventajas de ir en bici, lo salvo sin problemas.

Puedo oler el mar, el final está cerca, de hecho estoy pedaleando por el paseo de la bahía, pero la altura del muro de la playa no me deja verlo. Entonces compruebo que coincidiendo con un paso de cebra, hay una rampa ancha que asciende hasta el paseo; no dudo en subirla y ahí está, la inmensidad del mar ante mis ojos. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo desde los pies hasta la cabeza. No me paro y continúo pedaleando en paralelo a la playa; es un momento muy emocionante, no lloro, pero se me ha puesto la piel de gallina. Llega un momento que dejo de mover las piernas y la bici se detiene. Echo pie a tierra, apoyo la dama azul y me subo al muro del paseo para sentarme frente al mar. Permanezco allí inmóvil durante más de diez minutos contemplando la bahía y el suave oleaje, y aprovecho para echar la vista atrás y recordar el largo camino que me ha traído hasta aquí.

Ha dejado de llover y el paseo se empieza a llenar de gente que simplemente camina o se anima a bajar a la playa. Yo espero la llegada de mi compañero de viaje y de Cristina, con quien he quedado para compartir el final de mi travesía. Llegan a la vez y después de comentar las incidencias del último día, sólo nos falta culminar nuestro sueño y darnos el merecido baño en el Cantábrico. Evidentemente, el chapuzón en el mar más gratificante de mi vida.




EPÍLOGO

A la hora de hacer un balance final, lo primero que me viene a la cabeza es mi compañero de viaje Javi, por lo bien que nos hemos compenetrado, lo mucho que nos hemos reído juntos y porque sin lugar a dudas, sin él, esta aventura hubiera sido totalmente imposible. Le estaré eternamente agradecido, al igual que a Quique, por lo mucho que se preocupó hace dos años por mi salud cuando me dió el pajarón y por sacarnos este año del atolladero cuando nos quedamos sin sitio para dormir. Es mi particular ángel de la guarda.

Quisiera agradecer a Cristina su apoyo incondicional desde la distancia y a mi madre, por ser la culpable de meterme el gusanillo en el cuerpo de este deporte y sentirse orgullosa de las pequeñas hazañas de su hijo.

Sólo puedo decir cosas buenas de este viaje, uno de los mejores que he hecho en la vida. Reconozco que he tenido mucha suerte con la climatología, quizás la que me faltó hace dos años, pero lo bueno se hace esperar y me he sacado la espina a lo grande.

Al final fueron 727 kilómetros de auténtico cicloturismo, sin contar los 67 que me salté un día, y durante los cuales curiosamente, no tuve que atravesar ningún túnel. Un viaje en el que iba pasando de valle a valle sorteando los puertos que los comunicaban, para lo cual, en los tiempos tan turbulentos que corren en el ciclismo actual, el único doping que tomaba era una buena cerveza al concluir cada etapa.

He disfrutado mucho de las ascensiones y me quedaba embobado contemplando los paisajes tan espectaculares por los que he pedaleado. Resumiendo, he combinado dos de las cosas que más me gustan, viajar y practicar el ciclismo, pero a la vez he tratado de sufrir lo mínimo sobre la bici y disfrutar al máximo, que ya sufrimos demasiado en la vida cotidiana. Sin lugar a dudas un viaje muy recomendable.




Autor: José Antonio Ruiz Pérez de Pipaón
Ruta premiada con el 2º premio en el I Concurso de Rutas Es Ciclismo.com patrocinado por



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